La historia sin fin
Se levanta, como todos los días en los últimos años, muy temprano por la mañana, arrastrando algo del cansancio de ayer que esas pocas horas dormidas no alcanzaron a reparar. En parte es por aquellas noches que no pudo dormir bien, yendo y viniendo, hasta que el agotamiento pudo más.
Pone el agua a calentar, mientras va al baño, en esos pocos minutos de calma del amanecer. Solo se oye el ruido de los pichones reclamando su primer comida del día, mientras esa claridad anaranjada comienza a iluminar las cosas, haciéndolas aparecer como aún salidas del sueño. Se prende el primer pucho, a sabiendas que es el peor, pero se dice a sí que es el que le da fuerzas para arrancar.
Ya se siente el silbido del agua hirviendo, por lo que sale del letargo y vuelve a la cocina a preparar el café. El aroma tan particular no deja de sorprender sus sentidos, creando un instante efímero de placer profundo. Mientras lo va sirviendo, piensa una y otra vez que distintas podrían ser las cosas si no hubiera tomado esa decisión aquel día, si no hubiese aceptado. No es arrepentimiento, sino duda de no saber. Igual, a su modo es feliz y las cosas no son tan malas después de todo. Al fin y al cabo, los tiene a ellos...
-“¡¡¡Mi, amoooorrr!!... ¡¡¡Chiiiiicoooosssss!!! ¡Vaaamoooossss!, a levantarse que ya está el desayuuunoooo…”.
¡FELIZ DÍA MAMI!
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