Querido Papá Noel...

No pude evitar que ese espíritu me invada y entre tantos divagues y corridas de compras, me acordaba de aquellas Navidades de chico, las que esperábamos con tanta ansiedad a partir del 8, cuando armábamos el pesebre y adornábamos el árbol. Las primeras imágenes son de las bolas de vidrio, tan delicadas, que año a año había que renovarlas casi a todas, de la nieve artificial de lana de vidrio que te dejaba las manos como si hubieras acariciado una ortiga o una “gata peluda” (N. del A.: Gusano que se encuentra en los árboles para estas fechas, peludo y altamente urticante) y esos arbolitos artificiales que a comparación de los actuales, parecían salidos de los bosques de Bosnia.
Aunque más vívidos son los recuerdos de los juguetes que teníamos. En su gran mayoría eran destinados a juegos de tipo activo, dinámico, o sea que había que jugarlos fuera de la casa, so pena de comerse la paliza del mes. Entre los más deseados estaban las pelotas de cuero n° 5, solo para una elite, sino a conformarse con la Pulpo de goma, de esas que te dejaba ardiendo cuando te pegaba. Las bolitas, preferentemente las chinas de vidrio, ni que hablar de las “lecheritas”, esas todas blancas, o los bolones y para los más rascas, bolillas de rulemanes viejos, altamente más competitivos y temidos. Estos tenían además la particularidad de constituirse en objetos de poder y moneda de cambio, al mejor estilo de Tom Sawyer.
Mi hermana siempre anheló la muñeca que caminaba y hablaba, casi tan alta como ella, pero mis viejos (¡Bueh! Papá Noel) solo llegó a las que tenían los discos en la espalda y que hoy me rememora escenas de Terminator. O el juego de té de porcelana chino -lo que me hace pensar en porque hoy en día aceptamos sus productos con tanta naturalidad- hasta llegar al elástico, que se podía jugar de a dos con la ayuda de una silla, o un hermano al pedo a la siesta, para que no lo vieran. Es que a esa hora estaba vedada la calle a los niños para no joder a los vecinos, porque aún se respetaban los derechos de los demás.
Completan la lista trompos, yo-yo’s, autitos de plástico “preparados” con masilla (los Matchbox no cuentan porque no los podíamos ni tocar ¿WHYyyy?), hasta piedras y palos, como desde los inicios de la humanidad.
Que lástima que se haya perdido esa parte tan importante en la vida de los chicos, donde había que sociabilizar y no nos idiotizabamos con los juegos de video, la PC, ni nos aislábamos detrás del los MP3 o los SMS.
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